Читать онлайн «El Baron De Mnchhausen»

Автор Рудольф Эрих Распе

Mas de pronto se me ocurrió una idea. ¿No estaría aún donde vi las perdices? Me dirigí sin demora al sitio, con la esperanza de ver confirmada mi ilusión, y al llegar encontré a mi fiel perra clavada en el lugar donde la había dejado dos semanas atrás. Le grité para que viniera hacia mí, pero el pobre animal estaba tan extenuado y hambriento que apenas podía seguirme. No tuve más remedio que ponerlo sobre el caballo para llevarlo de regreso a casa. Acepté gustoso la incomodidad. Unos pocos días de reposo y buenos cuidados fueron todo lo que mi Diana necesitó para recuperarse totalmente, y poco tiempo después, me permitió resolver un misterio que jamás hubiera podido dilucidar sin ella.

Durante dos días me había empeñado yo en perseguir a una liebre. Mi perra la corría sin parar, pero yo nunca lograba ponerme a distancia de tiro de ella. No soy dado a creer en brujerías, porque he visto muchas cosas maravillosas en mi vida, pero mi lucha con esa maldita liebre me tenía a mal traer. Por fin, el segundo día, logré acercarme lo suficiente al animal y di fin a la cacería. Entonces, ¿qué creéis que descubrí con gran asombro? La famosa liebre tenía cuatro pares de patas, dos en el vientre y otros dos en el lomo. Así, cuando las patas inferiores se cansaban, el animal daba una vuelta en el aire y renovaba con más bríos su carrera.

Nunca he vuelto a ver una liebre como ésa, que sin duda se me hubiera escapado, sin la ayuda de mi fiel perra. Diana era muy superior a todos los otros perros de su raza, y me atrevería a llamarla única, si no fuera por otra perra, una galga, también de mi posesión, que le disputaba el puesto. No era tanto su figura sino su velocidad lo que deslumbraba. Nadie que la haya visto en acción dejó de admirarla, y mucho menos se extrañó de que yo la tuviera en tan alta estima y cazara tan a menudo con ella. Tanto fue lo que corrió este sufrido animal, cazando conmigo, que en su vejez las patas se le habían gastado casi hasta la altura del vientre; aun así, supo prestarme buenos servicios de otras maneras.

Una vez, cuando era todavía joven, se lanzó en persecución de una enorme liebre más gorda que cualquiera que jamás se haya visto. Mi perra estaba preñada y daba pena ver los esfuerzos que hacía por correr tan de prisa como siempre. De repente, oí que los ladridos se multiplicabas, como si se acercara una jauría. Me aproximé y pude entonces ver uno de los espectáculos más maravillosos del mundo. La liebre, que según descubría ahora debía su peculiar tamaño al hecho de estar preñada, había parido mientras huía, y la suerte había querido que otro tanto ocurriera con mi perra, dando la casualidad de que la cantidad de lebratillos y cachorros era la misma. Por instinto, los lebratillos huyeron también, pero los perritos no sólo los persiguieron sino que cada uno de ellos capturó uno, de modo que al terminar la cacería tenía en mi poder seis liebres y seis perros, cuando al comenzar había tenido tan sólo una liebre y un perro.

Con el mismo placer recuerdo a un admirable caballo de origen lituano que resultó, a todas luces, inestimable. Me convertí en su dueño merced a un juego del destino que me permitió a la vez demostrar mis habilidades como jinete. Me encontraba como invitado en uno de los palacios del conde de Przobowski de Lituania, y mientras el resto de los caballeros había ido al patio para admirar un hermoso ejemplar equino recién llegado, yo preferí quedarme en el salón, tomando té con las damas. De pronto, oímos un clamor pidiendo ayuda, y al bajar a toda prisa las escaleras, me di de bruces con el susodicho caballo, tan furioso y salvaje que ni los mejores jinetes allí presentes se atrevían siquiera a acercársele. Decididamente, me' arrojé sobre su lomo de un salto, provocando el terror y el asombro en todos los rostros. Sorprendido sin duda por mi imprevisto ataque, el salvaje potro sucumbió pronto a mis habilidades de domador. Para tranquilizar a las señoras presentes, obligué al potro a entrar en el sablón a través de una ventana, y una vez adentro, lo obligué a encaramarse sobre una mesa y a efectuar sobre ella una serie de pruebas, sin romper siquiera una taza. Este suceso me granjeó no sólo la simpatía de las damas, sino también la del conde, que con infinita cortesía me rogó que aceptara al animal para que me acompañase con merecida gloria en mi futura campaña contra los turcos, a las órdenes del conde de Munich.